La libertad y el tiempo - Por Hernán Stuchi
A lo largo del último siglo, el posmodernismo, hijo bobo del pensamiento occidental, tuvo como objetivo destruir los mecanismos de racionalidad humana. Toda esa basura de la "deconstrucción", de "la muerte de los grandes relatos", la exaltación de lo diverso y lo plural, tiene que ver con un fin político reconocido obscenamente por sus propios exponentes. Nada más. En realidad, no existe tal cosa como el pensamiento "post-moderno" del ser humano. El ser humano, afortunadamente sigue siendo racional. Por ende, aún se enmarca dentro del paradigma estrictamente moderno. Una Modernidad Tardía quizás.
El gran hito de la Modernidad Tardía es la invención de internet, nada relacionado a los delirios de Foucault, Lyotard, Vattimo, etcétera, etcétera.
No nos enredemos. Para quienes no están acostumbrados a leer este tipo de cuestiones, es decir, las vicisitudes del pensamiento, esas que tan hábilmente intentan explicarnos personas como Agustín Laje (aunque algunos, como Malena Pichot, insisten en que no tienen tiempo de leer), aquí un brevísimo resumen, algo de lo que posiblemente tengamos una idea en base a todo el esfuerzo que ha hecho el zurdaje docente para que empaticemos con la Revolución Francesa:
- La caída del pensamiento religioso a partir del Renacimiento y la fuerza que adquiere la racionalidad como eje del pensamiento humano, da inicio progresivamente a lo que se denomina Pensamiento Moderno.
- El Pensamiento Moderno da luz a prácticamente todo lo bueno que tiene el ser humano. Se dispara la calidad de vida, y en menos de cinco siglos pasamos de codearnos con la caca de caballo a poner un tipo en la Luna (o al menos, de mandar un auto a control remoto a Marte, lo cual me parece igual de increíble y meritorio).
- Para que se hagan una idea, antes era normal andar mugriento hasta el asco, y si eras pobre no vivías más de 40 años. EN TODO EL MUNDO. El Pensamiento Moderno trae capitalismo, orden, libertad y progreso. Derechos individuales. Conocimiento científico como nunca antes en la Historia.
- Por supuesto, todo lo positivo tiene su lado negativo. Desgracias tremendas como las guerras mundiales, el Holocausto, las hambrunas, el comunismo, el sexismo, el racismo y otros elementos trágicos propios de una civilización que en muy pocas generaciones creció de golpe, trajeron a un sinfín de académicos pesimistas y desagradecidos que dieron toda su vida por intentar establecer una postura crítica con el racionalismo de la Modernidad.
Esta postura crítica, que se autodenominó Posmodernismo, expuso un espectro amplio donde podíamos encontrar sujetos que se criticaban entre sí, pero cuya idea era en general la misma: criticar, deconstruir, criticar, deconstruir, criticar, deconstruir. Todo esto, ¿para ampliar el conocimiento de la especie humana?
No. sino que para destruir estas nociones. Destruir el conocimiento. Destruir, como insinuaba Heidegger. Destruir la medicina, como quería Foucault. Destruir la identidad humana, como quería la esposa de Sartre. O el sistema capitalista, como quería la Escuela de Frankfurt (cuyos principales pinches exponentes vivieron como reyes bebiendo de las mieles del capitalismo en Estados Unidos).
El Posmodernismo toca numerosos temas, como la diversidad cultural, la sexualidad, las diferencias individuales, las cosmovisiones de las civilizaciones, la globalización...
Hoy nos interesan especialmente dos. La destrucción de los grandes relatos, y la negación de la verdad absoluta. La negación de la verdad, implica el poner en duda el conocimiento humano adquirido en función de todo y pese a cualquier prueba que podamos obtener. Es decir, por ejemplo, poner en tela de juicio todo lo que aprendimos acerca de la composición física del universo.
Es, en rigor, una negación de la naturaleza. Estos tipos, a medida que nuestra especie desenmascara la constitución de su propia naturaleza, han definido que nada puede ser considerado natural, dado que todo es una construcción social. Como ellos denominan, todo conocimiento es una construcción intersubjetiva, es decir, que se construye entre dos sujetos: un A que explica, y un B que escucha y lo acepta dándole entidad de verdad.
Por lo tanto, todo lo que descubramos sobre la composición natural, es en realidad, una construcción artificial de nuestras propias mentes. ¿Te parece delirante? Pues esta es la lógica que rige nuestra querida Academia.
Esto señalaría una incapacidad de descubrir verdades universales, pues toda verdad quedaría limitada a la visión intrínseca de un individuo, y la aceptación que esta visión tenga entre otros individuos estructurados en un sistema social. Si no hay verdades universales, entonces se cae la posibilidad de que exista un relato que conduzca la Historia hacia una dirección. Esto podría sonar, en primera instancia, liberador.
Voy a desglosar este concepto. ¿Qué es un gran relato de la Historia? Esto tiene que ver con lo que se denomina teleología de la Historia, es decir, el sentido que un relato histórico adquiere en función de un gran objetivo. Entre los relatos muertos, teleológicos, los posmodernos generalmente describen cuatro. A grandes rasgos: el relato cristiano (cuyo fin teleológico sería la Salvación), el relato marxista (cuyo fin teleológico sería la sociedad comunista dirigida por el Hombre Nuevo), el relato iluminista (cuyo fin sería el endiosamiento de la razón) y el relato capitalista (cuyo fin sería la abundancia general)
Los posmodernos sostienen que como en realidad nada tiene sentido, como en realidad hay que destruir nuestro modo de razonamiento (usualmente figurado como la búsqueda de un cambio en las reglas del juego), en realidad evidentemente lo que buscan es construir mecanismos de destrucción de los relatos que triunfaron, es decir, los relatos iluministas y capitalistas.
Buscan, gracias a la iniciativa posmarxista, desmembrar el pensamiento que hizo triunfar a la brillantez del individuo por encima de la mediocridad colectivista. Es que no hubo colectivo social que mejor funcionara en toda la Historia conocida, que el que fundamentó el liberalismo. La mejor manera de desactivar el triunfo del relato liberal (racionalista y capitalista) es echando por tierra los fundamentos del pensamiento, que tiene raíces profundamente modernistas.
No es casualidad que el posmodernismo se alzara en plena oleada posmarxista. Aunque se han criticado mucho entre ellos, ambos comparten un fin: el desplome de la estructura del pensamiento. Y no lo niegan: hablan de muerte de los grandes relatos y a su vez, del inevitable reemplazo de un relato por otro. Si quisieron destruir el relato triunfante especialmente después de la caída del Muro de Berlín, ¿qué relato imaginan ustedes que vendría a reemplazarlo? ¿Cuál es en realidad el relato posmoderno?
El pensamiento liberal, el de las libertades individuales, como hemos visto en el post anterior, justifica su idea en la naturaleza humana. Es decir, da por sentado que existen derechos naturales, propios de la especie, filosóficamente incuestionables: el derecho a vivir, a la propiedad, y a la libertad. Obviamente, esta información no se encontraría dada de modo biológico, pero el componente esencialmente racional es que esta filosofía simplemente, a la luz de los resultados biológicos, científicos, funciona. Como mencioné más arriba: pasamos de vivir 40 a 100 años: la aplicación de esta filosofía dio resultados físicos, empíricos, calculables. El hambre del mundo desciende, la pobreza desciende, el poder de transformación del hombre le permite tener en un botón la capacidad de destruir el planeta o de enviar un aparato a otro planeta, a otro sistema solar. Es brillante.
La correspondencia de esta perspectiva filosófica con la mejora empírica de la realidad humana, insisto, hace necesaria para los posmarxistas, críticos posmodernos y otras yerbas (todo ese desagradable zurdaje académico) la destrucción de los conceptos de verdad que esconde toda revelación científica, de la entidad misma de lo natural (nada puede ser natural, porque todo lo que conocemos es una construcción artificial de nuestras mentes) y por ende la deconstrucción de nuestra propia fortaleza individual. Si como especie no somos nada, no tenemos sentido, carecemos de relato teleológico, entonces la vivencia individual se convierte en una sumisión a la descomposición a la que el universo nos somete. En otras palabras, implica por ejemplo, negar que el aumento en la calidad de vida sea beneficioso en sí mismo: ¿por qué vivir 100 años es mejor que vivir 40 años?
El objetivo, como vemos, es negar los beneficios que nos trajo la libertad. Busca, asombrosamente, negar el beneficio de tener una sociedad de individuos plenos, competitivos, voraces, deseosos de construir racionalmente la especie que dome al universo.
Para negar los beneficios de la libertad, el otro gran objetivo se convierte negar el sentido común. Para eso, se valieron de atacar especialmente aquello que ha dotado de progreso a todas las civilizaciones que se han esmerado en controlarlo: el tiempo.
Aquí es donde se pone interesante. ¿Cómo atacan los posmodernistas al tiempo? Para empezar, niegan su naturaleza física. Es decir, para un pensador posmoderno, el tiempo no se trata de una verdad absoluta, de una entidad física que nos rige desde una realidad ajena a nosotros que nos influye y nos moldea, sino que se trata de (oh FUCKING sorpresa) de otra construcción intersubjetiva. Por ende, todo lo que vemos y vivimos, todo lo que sucede en el universo, no es más que una ilusión. En consecuencia, el pasado no existe, en tanto las únicas evidencias que tenemos de su posible existencia son representaciones nunca del todo fidedignas (en modo de objeto o vestigio, como cada cosa fabricada o construida; o en modo escrito en sus distintos formatos). El presente tampoco existe, dado que el tiempo que percibimos transcurre líquidamente, imparable, entre una expectativa de futuro y un recuerdo brumoso de pasado inmediato cada vez más impreciso. Y el futuro, naturalmente, no sería más que una mera expectativa justamente, es decir, otra representación mental.
Si medimos el tiempo en función de las transformaciones que observamos, y todo lo que observamos es una construcción de la mente, entonces el tiempo no existe sin el ser humano, es decir, no existe objeto sin sujeto que lo perciba.
No nos perdamos: el gran objetivo de este inmenso delirio es convencernos de que no existe un gran relato teleológico que pueda guiar nuestra vida. Dicen que, como nada tiene sentido en realidad, más que el que cada individuo puede poseer, entonces tenemos que limitarnos a disfrutarnos como queremos sin molestar a los demás. Este argumento que en principio suena libertario y bien liberal (es justamente lo que han logrado las sociedades desarrolladas, las más capitalistas y racionalistas de todas), es profundamente contradictorio: no podemos aceptar la libertad como algo bueno, si queremos destruir los fundamentos filosófico-científicos que la sustentan.
El universo está compuesto por diversos tejidos, dificilísimos de detectar, por los que la física cuántica se desvive por descifrar. Uno de estos tejidos es el espacio-tiempo. Es decir, todo lo que existe, todo lo que transcurre en el tiempo, posee una entidad física: se desarrolla en un lugar y en un momento determinado. Sucede. Existe. Posee entidad. Luego, se deshace y se olvida. Eventualmente, todo ha ocurrido en el universo desde el comienzo de la existencia toda. La mayoría de los procesos, por ejemplo, la fusión nuclear en el corazón de las estrellas, han quedado olvidados. Es decir, no poseemos sustento histórico que nos permita relatar que esa es la Historia del Cosmos. Sin embargo, sí poseemos cálculos racionales que nos dejan claro que estas cosas ocurrieron, que aún ocurren.
Si los hechos ocurren, entonces es innegable que el pasado existe. Existe, en tanto versión del espacio-tiempo que ya no podemos detectar con precisión, pero que necesariamente estructura un presente continuo, inestable y líquido, que parpadea constantemente hacia otro futuro
considerablemente predecible (en la medida en que conozcamos las posibles variables). El espacio-tiempo no es mera percepción individual o construcción intersubjetiva. Y si es una entidad física, objetiva, que existe más allá de lo que pueda pensar o entender un ser humano, entonces todos sus componentes existen también.
Para clarificar esto: el día en que el Sol se devore a la Tierra - tal y como la ciencia sabe que sucederá, porque así mueren las estrellas y el Sol es una de ellas -, posiblemente se borre todo vestigio y testimonio histórico de que hemos existido. Entonces, al no existir en el presente, y no haber testimonio alguno de nuestra presencia, no habremos existido nunca para nadie, dado que según el pensamiento posmoderno, el pasado no existe.
El razonamiento es erróneo. Aunque no exista una puta prueba de que existimos, habremos existido. Seremos parte del pasado. Ergo, existiremos como huella imperceptible en la curvatura del espacio-tiempo. Daremos, como todo pasado, entidad a ese presente líquido en perpetua ebullición. Se hace necesaria una premisa clásica: “nada se crea ni se destruye, sino que se transforma”. El pasado no desaparece: se transforma. Y si se transforma, existe. De la misma forma en que una larva que se convierte en mariposa sigue existiendo pese a ser distinta.
No dejemos que los sucios posmarxistas pongan en duda la superioridad indiscutible de la filosofía de la libertad. Merecemos ser libres. Merecemos ser fuertes. Merecemos respeto. Poner en duda la naturaleza objetiva y racional del Cosmos, criticar la teleología iluminista, es decir, la posibilidad del triunfo de la racionalidad, es debilitar el orden que necesitamos para desarrollarnos sin interferir en la vida del otro. Nuestra libertad debe tener sentido, porque la libertad del otro tiene que tener sentido para poder ser respetada. Nuestra vida debe tener sentido, para poder respetar el sentido que cada individuo quiera darle a su vida. Una libertad sin sentido, impide el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, ya que no hay respeto sin sentido.
El espacio-tiempo es una entidad física que compone nuestro universo. No neguemos la naturaleza del Cosmos. No neguemos nuestra propia naturaleza. Ella encierra los secretos que nos empujarán al descubrimiento del gran relato que dirige a nuestra especie: el de las personas libres.
NOTA: Faltan citas y fuentes en este trabajo, porque es un mero (y breve) ensayo. El trabajo final poseerá toda la documentación que solidificará la idea central: reivindicar a la libertad como elemento filosófico fundamental para el mejor desarrollo de nuestra especie; y la reivindicación de la búsqueda del conocimiento de la naturaleza, sobre todo en virtud del espacio-tiempo.
El gran hito de la Modernidad Tardía es la invención de internet, nada relacionado a los delirios de Foucault, Lyotard, Vattimo, etcétera, etcétera.
No nos enredemos. Para quienes no están acostumbrados a leer este tipo de cuestiones, es decir, las vicisitudes del pensamiento, esas que tan hábilmente intentan explicarnos personas como Agustín Laje (aunque algunos, como Malena Pichot, insisten en que no tienen tiempo de leer), aquí un brevísimo resumen, algo de lo que posiblemente tengamos una idea en base a todo el esfuerzo que ha hecho el zurdaje docente para que empaticemos con la Revolución Francesa:
- La caída del pensamiento religioso a partir del Renacimiento y la fuerza que adquiere la racionalidad como eje del pensamiento humano, da inicio progresivamente a lo que se denomina Pensamiento Moderno.
- El Pensamiento Moderno da luz a prácticamente todo lo bueno que tiene el ser humano. Se dispara la calidad de vida, y en menos de cinco siglos pasamos de codearnos con la caca de caballo a poner un tipo en la Luna (o al menos, de mandar un auto a control remoto a Marte, lo cual me parece igual de increíble y meritorio).
- Para que se hagan una idea, antes era normal andar mugriento hasta el asco, y si eras pobre no vivías más de 40 años. EN TODO EL MUNDO. El Pensamiento Moderno trae capitalismo, orden, libertad y progreso. Derechos individuales. Conocimiento científico como nunca antes en la Historia.
- Por supuesto, todo lo positivo tiene su lado negativo. Desgracias tremendas como las guerras mundiales, el Holocausto, las hambrunas, el comunismo, el sexismo, el racismo y otros elementos trágicos propios de una civilización que en muy pocas generaciones creció de golpe, trajeron a un sinfín de académicos pesimistas y desagradecidos que dieron toda su vida por intentar establecer una postura crítica con el racionalismo de la Modernidad.
Esta postura crítica, que se autodenominó Posmodernismo, expuso un espectro amplio donde podíamos encontrar sujetos que se criticaban entre sí, pero cuya idea era en general la misma: criticar, deconstruir, criticar, deconstruir, criticar, deconstruir. Todo esto, ¿para ampliar el conocimiento de la especie humana?
No. sino que para destruir estas nociones. Destruir el conocimiento. Destruir, como insinuaba Heidegger. Destruir la medicina, como quería Foucault. Destruir la identidad humana, como quería la esposa de Sartre. O el sistema capitalista, como quería la Escuela de Frankfurt (cuyos principales pinches exponentes vivieron como reyes bebiendo de las mieles del capitalismo en Estados Unidos).
El Posmodernismo toca numerosos temas, como la diversidad cultural, la sexualidad, las diferencias individuales, las cosmovisiones de las civilizaciones, la globalización...
Hoy nos interesan especialmente dos. La destrucción de los grandes relatos, y la negación de la verdad absoluta. La negación de la verdad, implica el poner en duda el conocimiento humano adquirido en función de todo y pese a cualquier prueba que podamos obtener. Es decir, por ejemplo, poner en tela de juicio todo lo que aprendimos acerca de la composición física del universo.
Es, en rigor, una negación de la naturaleza. Estos tipos, a medida que nuestra especie desenmascara la constitución de su propia naturaleza, han definido que nada puede ser considerado natural, dado que todo es una construcción social. Como ellos denominan, todo conocimiento es una construcción intersubjetiva, es decir, que se construye entre dos sujetos: un A que explica, y un B que escucha y lo acepta dándole entidad de verdad.
Por lo tanto, todo lo que descubramos sobre la composición natural, es en realidad, una construcción artificial de nuestras propias mentes. ¿Te parece delirante? Pues esta es la lógica que rige nuestra querida Academia.
Esto señalaría una incapacidad de descubrir verdades universales, pues toda verdad quedaría limitada a la visión intrínseca de un individuo, y la aceptación que esta visión tenga entre otros individuos estructurados en un sistema social. Si no hay verdades universales, entonces se cae la posibilidad de que exista un relato que conduzca la Historia hacia una dirección. Esto podría sonar, en primera instancia, liberador.
Voy a desglosar este concepto. ¿Qué es un gran relato de la Historia? Esto tiene que ver con lo que se denomina teleología de la Historia, es decir, el sentido que un relato histórico adquiere en función de un gran objetivo. Entre los relatos muertos, teleológicos, los posmodernos generalmente describen cuatro. A grandes rasgos: el relato cristiano (cuyo fin teleológico sería la Salvación), el relato marxista (cuyo fin teleológico sería la sociedad comunista dirigida por el Hombre Nuevo), el relato iluminista (cuyo fin sería el endiosamiento de la razón) y el relato capitalista (cuyo fin sería la abundancia general)
Los posmodernos sostienen que como en realidad nada tiene sentido, como en realidad hay que destruir nuestro modo de razonamiento (usualmente figurado como la búsqueda de un cambio en las reglas del juego), en realidad evidentemente lo que buscan es construir mecanismos de destrucción de los relatos que triunfaron, es decir, los relatos iluministas y capitalistas.
Buscan, gracias a la iniciativa posmarxista, desmembrar el pensamiento que hizo triunfar a la brillantez del individuo por encima de la mediocridad colectivista. Es que no hubo colectivo social que mejor funcionara en toda la Historia conocida, que el que fundamentó el liberalismo. La mejor manera de desactivar el triunfo del relato liberal (racionalista y capitalista) es echando por tierra los fundamentos del pensamiento, que tiene raíces profundamente modernistas.
No es casualidad que el posmodernismo se alzara en plena oleada posmarxista. Aunque se han criticado mucho entre ellos, ambos comparten un fin: el desplome de la estructura del pensamiento. Y no lo niegan: hablan de muerte de los grandes relatos y a su vez, del inevitable reemplazo de un relato por otro. Si quisieron destruir el relato triunfante especialmente después de la caída del Muro de Berlín, ¿qué relato imaginan ustedes que vendría a reemplazarlo? ¿Cuál es en realidad el relato posmoderno?
El pensamiento liberal, el de las libertades individuales, como hemos visto en el post anterior, justifica su idea en la naturaleza humana. Es decir, da por sentado que existen derechos naturales, propios de la especie, filosóficamente incuestionables: el derecho a vivir, a la propiedad, y a la libertad. Obviamente, esta información no se encontraría dada de modo biológico, pero el componente esencialmente racional es que esta filosofía simplemente, a la luz de los resultados biológicos, científicos, funciona. Como mencioné más arriba: pasamos de vivir 40 a 100 años: la aplicación de esta filosofía dio resultados físicos, empíricos, calculables. El hambre del mundo desciende, la pobreza desciende, el poder de transformación del hombre le permite tener en un botón la capacidad de destruir el planeta o de enviar un aparato a otro planeta, a otro sistema solar. Es brillante.
La correspondencia de esta perspectiva filosófica con la mejora empírica de la realidad humana, insisto, hace necesaria para los posmarxistas, críticos posmodernos y otras yerbas (todo ese desagradable zurdaje académico) la destrucción de los conceptos de verdad que esconde toda revelación científica, de la entidad misma de lo natural (nada puede ser natural, porque todo lo que conocemos es una construcción artificial de nuestras mentes) y por ende la deconstrucción de nuestra propia fortaleza individual. Si como especie no somos nada, no tenemos sentido, carecemos de relato teleológico, entonces la vivencia individual se convierte en una sumisión a la descomposición a la que el universo nos somete. En otras palabras, implica por ejemplo, negar que el aumento en la calidad de vida sea beneficioso en sí mismo: ¿por qué vivir 100 años es mejor que vivir 40 años?
El objetivo, como vemos, es negar los beneficios que nos trajo la libertad. Busca, asombrosamente, negar el beneficio de tener una sociedad de individuos plenos, competitivos, voraces, deseosos de construir racionalmente la especie que dome al universo.
Para negar los beneficios de la libertad, el otro gran objetivo se convierte negar el sentido común. Para eso, se valieron de atacar especialmente aquello que ha dotado de progreso a todas las civilizaciones que se han esmerado en controlarlo: el tiempo.
Aquí es donde se pone interesante. ¿Cómo atacan los posmodernistas al tiempo? Para empezar, niegan su naturaleza física. Es decir, para un pensador posmoderno, el tiempo no se trata de una verdad absoluta, de una entidad física que nos rige desde una realidad ajena a nosotros que nos influye y nos moldea, sino que se trata de (oh FUCKING sorpresa) de otra construcción intersubjetiva. Por ende, todo lo que vemos y vivimos, todo lo que sucede en el universo, no es más que una ilusión. En consecuencia, el pasado no existe, en tanto las únicas evidencias que tenemos de su posible existencia son representaciones nunca del todo fidedignas (en modo de objeto o vestigio, como cada cosa fabricada o construida; o en modo escrito en sus distintos formatos). El presente tampoco existe, dado que el tiempo que percibimos transcurre líquidamente, imparable, entre una expectativa de futuro y un recuerdo brumoso de pasado inmediato cada vez más impreciso. Y el futuro, naturalmente, no sería más que una mera expectativa justamente, es decir, otra representación mental.
Si medimos el tiempo en función de las transformaciones que observamos, y todo lo que observamos es una construcción de la mente, entonces el tiempo no existe sin el ser humano, es decir, no existe objeto sin sujeto que lo perciba.
No nos perdamos: el gran objetivo de este inmenso delirio es convencernos de que no existe un gran relato teleológico que pueda guiar nuestra vida. Dicen que, como nada tiene sentido en realidad, más que el que cada individuo puede poseer, entonces tenemos que limitarnos a disfrutarnos como queremos sin molestar a los demás. Este argumento que en principio suena libertario y bien liberal (es justamente lo que han logrado las sociedades desarrolladas, las más capitalistas y racionalistas de todas), es profundamente contradictorio: no podemos aceptar la libertad como algo bueno, si queremos destruir los fundamentos filosófico-científicos que la sustentan.
El universo está compuesto por diversos tejidos, dificilísimos de detectar, por los que la física cuántica se desvive por descifrar. Uno de estos tejidos es el espacio-tiempo. Es decir, todo lo que existe, todo lo que transcurre en el tiempo, posee una entidad física: se desarrolla en un lugar y en un momento determinado. Sucede. Existe. Posee entidad. Luego, se deshace y se olvida. Eventualmente, todo ha ocurrido en el universo desde el comienzo de la existencia toda. La mayoría de los procesos, por ejemplo, la fusión nuclear en el corazón de las estrellas, han quedado olvidados. Es decir, no poseemos sustento histórico que nos permita relatar que esa es la Historia del Cosmos. Sin embargo, sí poseemos cálculos racionales que nos dejan claro que estas cosas ocurrieron, que aún ocurren.
Si los hechos ocurren, entonces es innegable que el pasado existe. Existe, en tanto versión del espacio-tiempo que ya no podemos detectar con precisión, pero que necesariamente estructura un presente continuo, inestable y líquido, que parpadea constantemente hacia otro futuro
considerablemente predecible (en la medida en que conozcamos las posibles variables). El espacio-tiempo no es mera percepción individual o construcción intersubjetiva. Y si es una entidad física, objetiva, que existe más allá de lo que pueda pensar o entender un ser humano, entonces todos sus componentes existen también.
Para clarificar esto: el día en que el Sol se devore a la Tierra - tal y como la ciencia sabe que sucederá, porque así mueren las estrellas y el Sol es una de ellas -, posiblemente se borre todo vestigio y testimonio histórico de que hemos existido. Entonces, al no existir en el presente, y no haber testimonio alguno de nuestra presencia, no habremos existido nunca para nadie, dado que según el pensamiento posmoderno, el pasado no existe.
El razonamiento es erróneo. Aunque no exista una puta prueba de que existimos, habremos existido. Seremos parte del pasado. Ergo, existiremos como huella imperceptible en la curvatura del espacio-tiempo. Daremos, como todo pasado, entidad a ese presente líquido en perpetua ebullición. Se hace necesaria una premisa clásica: “nada se crea ni se destruye, sino que se transforma”. El pasado no desaparece: se transforma. Y si se transforma, existe. De la misma forma en que una larva que se convierte en mariposa sigue existiendo pese a ser distinta.
No dejemos que los sucios posmarxistas pongan en duda la superioridad indiscutible de la filosofía de la libertad. Merecemos ser libres. Merecemos ser fuertes. Merecemos respeto. Poner en duda la naturaleza objetiva y racional del Cosmos, criticar la teleología iluminista, es decir, la posibilidad del triunfo de la racionalidad, es debilitar el orden que necesitamos para desarrollarnos sin interferir en la vida del otro. Nuestra libertad debe tener sentido, porque la libertad del otro tiene que tener sentido para poder ser respetada. Nuestra vida debe tener sentido, para poder respetar el sentido que cada individuo quiera darle a su vida. Una libertad sin sentido, impide el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, ya que no hay respeto sin sentido.
El espacio-tiempo es una entidad física que compone nuestro universo. No neguemos la naturaleza del Cosmos. No neguemos nuestra propia naturaleza. Ella encierra los secretos que nos empujarán al descubrimiento del gran relato que dirige a nuestra especie: el de las personas libres.
NOTA: Faltan citas y fuentes en este trabajo, porque es un mero (y breve) ensayo. El trabajo final poseerá toda la documentación que solidificará la idea central: reivindicar a la libertad como elemento filosófico fundamental para el mejor desarrollo de nuestra especie; y la reivindicación de la búsqueda del conocimiento de la naturaleza, sobre todo en virtud del espacio-tiempo.

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