De socialista a liberal - por Lautaro Oviedo

Cuando miro los videos de José Luis Espert de hace 20 años, hablando con Mirtha Legrand por ejemplo, no puedo evitar maravillarme y horrorizarme.

Me maravillo por la precisión de sus observaciones y predicciones. Me horroriza la vigencia de los problemas que ya señalaba - incluso un agravamiento -, y que hace 20 años aparezca en el prime time hablando en castellano sobre estos problemas, sin que la sociedad lo escuchara.




Espert no estaba solo. López Murphy incluso llegó a ocupar una posición de considerable poder, pero ni así se le permitió avanzar en la dirección correcta. Hay otra decena de brillantes economistas, políticos y teóricos liberales que hace mucho tiempo parecen discutir con una pared. Es decir, hablando (y quizás militando) al pedo.

La sociedad no los escuchó, al menos la parte mayoritaria. ¿Los escucha un poco más ahora? La aparición de lo que empieza a definirse como los jóvenes liberales (entre los que nos incluimos), gracias sobre todo a la difusión en las redes sociales y a figuras novedosas como Javier Milei, le dio un nuevo impulso al pensamiento libertario en nuestra sociedad.

No obstante, a priori los esfuerzos parecen estériles. El eslogan Espert o Ezeiza, expone la sensación de que estamos cerca de un punto de no-retorno: si la sociedad argentina no escucha al liberalismo ahora, es probable que ya no lo haga en el futuro.

Muchas veces, imagino, a más de uno le invadirá la sensación de que este país es inviable, como dice Milei, y que por mucho esfuerzo que pongamos en divulgar nuestras ideas, sencillamente el daño que los políticos nos hicieron es irrecuperable.

El objetivo del siguiente artículo es intentar desmentir esa postura. Deberán disculpar el relato autorreferencial, pero es pertinente que cuente mi historia, sobre cómo pasé de ser un socialista recalcitrante, marxista y autoritario, a convertirme en libertario. Se puede.

Desde chiquito disfruté de leer, y disfruté de la épica de la Historia en la escuela. Al ingresar en la secundaria, me anotaron en una institución católica de mi pueblo. En plena rebelión adolescente, era natural que me opusiera a todos los postulados morales y/o éticos en que la Iglesia intentó adoctrinarme.

Estábamos en los primeros tiempos de internet en el Conurbano, año 2007, poco antes de que se convirtiera en un servicio masivo. Yo ya tenía acceso, y empecé a guglear argumentos en contra de la cristiandad, más que nada por morboso. Deseoso de romper cualquier vínculo con cualquier autoridad moral, incluso la de mi propia familia, encontré alguna página de quotes que me presentó dos frases que aún recuerdo bien: "La única Iglesia que ilumina es la que arde", y la infaltable "La religión es el opio de los pueblos", de Karl Marx.

Es fácil convencerte de que sos una pobre víctima

Wow, qué acertado este tipo, pensé con mis 14 años. Lo guglié y me devoré su wikipedia. Fue mi primer acercamiento al comunismo. El relato no podía estar equivocado: en el mundo hay pobreza e injusticia, y ni Dios ni los empresarios ni los políticos hacían nada para combatirla. Y ahí estaban ellos, todos millonarios, disfrutando de su riqueza, obligándonos a trabajar (aunque yo a esa edad no trabajara) y a acatar sus normas morales.

Durante el conflicto agropecuario del año 2008, la posición inmensamente mayoritaria era defender al campo frente al embate del gobierno. Y naturalmente, en función de mi nueva postura de comunistoide rebelón, me puse en contra de la oligarquía y de la opinión popular de mi ámbito: empecé a defender al kirchnerismo.

A los 15 años me echaron del secundario por irresponsable, y empecé a cursar en la educación pública. Me encontré con que los profesores pensaban igual que yo, en mayor o menor medida. Empecé a leer autores de izquierda en la biblioteca escolar, y me compré mi propio ejemplar del Manifiesto comunista, con el que me pavoneaba en los recreos.

A medida que pasó el tiempo, el relato kirchnerista se radicalizaba y lo que yo veía era que nos encaminábamos poco a poco hacia la sociedad comunista, combatiendo al capitalismo que nos quería pobres, de la mano de un Estado que nos cuidaba; nos mandaba a la escuela, nos curaba y nos daba dinero. Y cada vez que se hablaba de política en el aula, los docentes reforzaban mi postura: todo eso era responsabilidad del Estado.

Por supuesto, la propaganda personalista del kirchnerismo se intensificó con la muerte de Néstor Kirchner en 2010. Tras la victoria del 2011, me anoté para cursar Letras en la UNLZ en el año 2012. A estas alturas, en la secundaria combiné mis pretensiones marxistas (como si las entendiera realmente) con la postura nacionalista e inflexible de un Perón que, me aseguraron mis profesores, había trabajado intensamente para que los chicos como yo seamos felices.

Naturalmente, apenas unos meses cursé en la universidad pública antes de meterme de lleno en una organización militante. Ahí conocí a cientos de jóvenes que veían una realidad muy similar a la mía. No podíamos tantos estar equivocados: ahí había una revolución en marcha, solo había que lograr que Cristina pudiera llevar adelante sus planes de gobierno. Nuestra tarea era defenderla de las mentiras de los medios. Dado que no estábamos en una etapa de lucha armada, nuestro combate era ideológico.

Como verán y sin ánimo de extenderme demasiado, el colectivismo - tan propio del patologizado comportamiento adolescente, según Aberastury - fue utilizado por el gobierno de Cristina para hacerse de un ejército de soldados que confiaran en su mando y obedecieran sus órdenes. Nosotros éramos más tontos que ella, más débiles, estábamos indefensos sin su presencia - materalizada a través del Estado. La necesitábamos.

En este escenario, cualquier impulso individual, cualquier deseo personal era criminalizado o al menos señalado. Desde algo tan simple como un gusto musical, hasta lo que hacíamos con el dinero que nos ganábamos trabajando podía ponerse en cuestión si, en general, no obedecíamos a la sacrosanta dirección de la conducción.

Metido hasta las bolas, ¿cómo salí del trance socialista? Hubo algunas cuestiones que no me cerraban. Las principales:

1- LA EXISTENCIA DE LOS CORRUPTOS: me costaba mucho tener que salir a la calle a desmentir la corrupción, cuando la gran mayoría de los dirigentes vivían como reyes. Me parecía contradictorio que apoyáramos ciertos empresarios y luego nos opusiéramos a tantos otros. ¿Queríamos o no cambiar realmente el sistema? Y estos millonarios a los que sí apoyábamos por estar en nuestro bando, ¿querían cambiar las cosas que los había hecho ricos?

En general, este primer punto era solucionado por la conducción con la siguiente expresión: "en la política, a veces hay que comerse sapos".

2- EL ABORTO: Es cierto que en los años previos al Ni Una Menos, la cuestión del aborto no ocupaba un lugar relevante en la agenda. Sin embargo, muchísimos sectores de la izquierda de la que yo formaba parte ya alzaban la voz en pos de ese reclamo. Jamás pude entender cómo se niega la humanidad del feto.

Aquí aparecía otra contradicción: si apoyábamos el subsidio a las embarazadas para proteger a su hijo, ¿cómo podíamos negar que este hijo fuera un ser humano? Al menos, Cristina no dio lugar a debate en aquella época. Si así hubiera sido, por mera presión sociopolítica seguramente me hubiera convertido en abortista.

3- EL ACOMPAÑAMIENTO POPULAR: Entre las principales cuestiones, quizá la más resonante. El relato político con el que fui adoctrinado nos indicaba que luchábamos por el pueblo, que nosotros somos el pueblo, y que la única manera de ser libres era ser uno con el pueblo.

¿Cómo era posible que, si dejábamos tanto por la gente, esta gente nos despreciara? En cada marcha, mientras saltábamos y cantábamos en la calle y en el transporte público, la expresión de las personas no era de satisfacción sino de fastidio. En las redes sociales el odio iba in crescendo. Leer Twitter era para mí insoportable.

La explicación, claro, era que estábamos en combate ideológico contra el accionar de los medios. El pueblo necesitaba entender que la conducción - es decir Cristina - era quien debía dirigir los destinos de la patria. Y nosotros estábamos ahí para hacérselo entender a como dé lugar. Había que pelearse con quien hubiera que pelearse. Amigos, familia, extraños. Nada importaba. El mensaje tenía que ser claro: teníamos la razón, y el pueblo nos acompañaba. Y si no estabas de acuerdo con nosotros, estabas en contra del pueblo.

Imagínese mi desazón cuando perdimos en 2015. El relato se desplomó ante mis ojos. O el pueblo era muy estúpido y nosotros éramos más inteligentes, o la cuestión de la voluntad popular solo calzaba cuando nos beneficiaba electoralmente.

4- EL KIRCHNERISMO EN LA OPOSICIÓN: Una vez que entramos en oposición, la militancia se radicalizó y expulsó a todo aquel que se animara a cuestionar las decisiones de los líderes. Las contradicciones eran cada vez más absurdas. El caso de Santiago Maldonado expuso una muy clara: ¿éramos nacionalistas al final o no? ¿Por qué los mapuches, un pueblo que quemaba banderas argentinas, debía contar con nuestra defensa? ¿Por qué debíamos imaginar que el Estado tenía un plan para desaparecer a un hippie bon vivant, nómade e intrascendente?

Al ganar lugar el feminismo autoritario, se dieron lugar a mayores contradicciones todavía, todas las que el feminismo marxista trae consigo, ya desnudadas por Agustín Laje. Las compañeras tenían siempre la razón y la última palabra, siempre y cuando discutieran con varones. En caso de que discutieran entre ellas, la que mejor argumentara terminaba torciendo la opinión de la otra apelando a la sororidad.

Yo sé muy bien que no todas las personas procesan bien este tipo de contradicciones entre relatos políticos y acciones de militancia. Me mantuve kirchnerista tercamente hasta que me encontré con videos de Javier Milei en Youtube, explicándome a los gritos que las contradicciones que yo veía eran una nimiedad comparado con lo que implica una economía socialista.

Pude comprender que el daño más grande que la militancia socialista me había hecho era hacia mi personalidad individual, hacia mis deseos y amor propio. Milei me dijo a los gritos que yo, mientras los políticos se hacían ricos, renunciaba a mi capacidad de hacerme cargo de mí mismo. Mi salud, mi educación, mi trabajo... a todo había renunciado para dejárselo en las manos a los políticos.

Entender que mi individualidad vale, que mi pensamiento vale, que tengo la suficiente capacidad cognitiva como para trabajar y hacerme cargo sin depender nada del Estado, que el Estado debería dejarme tranquilo; estoy seguro que no se trata ni trató de un caso aislado. Es falso el binomio peronista-antiperonista. La mayor parte de la sociedad está alejada de la politiquería. Lo único que tenemos enfrente es a un enorme aparato político que nos expolia, como bien ha expresado Espert en La Argentina devorada.

Agustín Etchebarne habla de Argentina 2040. Imagina que la transformación cultural puede tomarnos 20 años. Contamos con una ventaja: no dependemos de un relato político contradictorio. Contamos con el testimonio de los países cuyos individuos son más libres.

No bajemos los brazos. Espert 2019 es tan solo un primer paso electoral. La sociedad podemos cambiar, si apuntamos al individuo. Al final, divulgar el mensaje tiene sentido mientras exista alguien dispuesto a entender que nada vale tanto como su propia vida y la de su familia.

El mito de los políticos líderes se está por terminar. Lo que necesitamos es una sociedad líder de sí misma. El sentido común está de nuestro lado.

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